La Rosa del Corazón
La preparación y el comienzo del proceso del renacimiento del hombre celeste exige un principio religioso, una orientación espiritual completamente nueva. Quien busca el sentido de la vida ya no debe considerar al Cristo solamente como una personalidad histórica o un embajador sublime de algún lugar exterior al mundo material. Tal persona tiene que reconocer a Cristo como una fuerza que existe desde toda la eternidad y experimentarlo como un ser ilimitado, presente en todas partes y todo tiempo.
El hecho de la crucifixión es algo totalmente diferente a un suceso con sangre, lágrimas, flagelaciones y un cuerpo condenado a muerte, clavado en la cruz de las humillaciones. Considerándolo así no avanzamos ni un ápice. Por otra parte, tampoco se puede decir que se trata únicamente de un hecho simbólico.
La obra de Cristo, tal como la presenta la Escuela Espiritual de la Rosacruz Áurea, no es nada nuevo. Desde el principio de la historia de la humanidad, era conocida por todos aquellos que caminaron por la senda que conduce a la conciencia humano-divina y, sobre todo, fue demostrada por ellos en sus vidas. Para poder cumplir este cometido, Él se unió completamente con la humanidad y descendió hasta nosotros como ser humano. Por este hecho portentoso, por este sacrificio, el Cristo ofreció a todos los seres humanos la posibilidad de realizar en su propio ser el proceso concreto de la transfiguración.
Nuestro campo de vida terrestre ya no se puede separar de la iniciativa de liberación renovada, conducida por Jesucristo. Así existe un vínculo de sangre entre el hombre natural y el hombre-Jesús, que se convirtió en el Cristo. A la humanidad, por tanto ya no le será revelada ninguna religión más, sino que el cristianismo impulsará a los pueblos hacia una resurrección o hacia una caída.
La Obra, la cruz, que los Hierofantes de la Luz y sus servidores han realizado, realizan y realizarán por amor a la humanidad desde el inicio de los tiempos, es transformada en Cristo en una cruz con rosas, símbolo de la liberación del encadenamiento a nuestro orden natural. Por ello, esta Fuerza, este Campo de Fuerza de Cristo, no es un concepto abstracto, sino una realidad concreta, perceptible y comprensible para todos.
Así como nuestra Tierra posee un campo de radiación que alimenta y guía al hombre terrestre, y que está sometido a la dualidad, también la Tierra Original posee un campo de radiación, el campo de radiación de Cristo.
Cristo es la animación de esa Tierra santa. Este campo rodea e impregna al campo de vida terrestre, lo mantiene perpetuamente en movimiento con una única meta: impulsar a la corriente de vida humana a la resurrección del hombre verdadero, el Hombre Alma-Espíritu. Haciendo que el ser humano colabore en el despliegue de su Rosa del Corazón.



